Europa, sin ser participante directo en las hostilidades, se encuentra cada vez más dentro del círculo de peligro debido al conflicto en Oriente Medio. Las guerras en esta rara vez permanecen confinadas dentro de sus fronteras regionales durante mucho tiempo, ya que sus efectos se extienden rápidamente a otras partes del mundo. El problema fundamental para Europa es su fuerte dependencia de las importaciones de energía. Si la navegación en el Estrecho de Ormuz, por el que pasa aproximadamente un quinto del petróleo mundial, se viera sujeta a grandes restricciones, Europa sentiría rápidamente el impacto, ya sea a través de un aumento en los precios del combustible, la reaparición de presiones inflacionarias o una desaceleración del crecimiento económico. La guerra actual podría tener graves consecuencias para Europa, no solo desde el punto de vista geopolítico, sino también en los niveles económico, político y social. Las consecuencias de la guerra llegarán a Europa, independientemente de si las naciones europeas logran ponerse de acuerdo en una postura unificada.
El aspecto económico es, quizás, el más urgente de estas consecuencias. El Estrecho de Ormuz, por el que pasa alrededor de un quinto del petróleo mundial, ya está experimentando trastornos como resultado de las represalias iraníes y las advertencias sobre la navegación marítima, lo que ha provocado un fuerte aumento en los precios del petróleo. Los informes indican que el precio del crudo aumentó más de un 12% durante la primera semana de la guerra. Este desarrollo llega en un momento muy inoportuno para Europa, que aún no se ha recuperado por completo de los shocks económicos que siguieron a la guerra en Ucrania. Los sistemas económicos europeos siguen siendo extremadamente sensibles a los shocks energéticos. Cada gran conflicto que ha presenciado la región de Oriente Medio en los últimos veinticinco años ha dado lugar, en última instancia, a oleadas de migración que han llegado a las fronteras de Europa, y una guerra con Irán podría tener un resultado similar. Los números potenciales podrían ser enormes: Irán sola tiene una población de unos 90 millones de personas, y incluso si solo una pequeña proporción de ellas busca refugio, podría ejercer una enorme presión sobre los sistemas migratorios europeos, que aún sufren de fragilidad política desde la crisis de refugiados de 2015. La cuestión de la migración rara vez permanece como un asunto humanitario durante mucho tiempo, ya que se transforma rápidamente en un tema político de alta sensibilidad. Los partidos de extrema derecha y populistas en Europa han logrado grandes ganancias electorales al centrarse en cuestiones de fronteras, identidad y control migratorio.
Finalmente, incluso si Europa no lanza ningún misil contra Irán, su economía seguirá siendo vulnerable al impacto directo de los resultados de esta guerra. El continente europeo tiene una influencia económica y diplomática importante, pero al mismo tiempo depende del poder militar estadounidense para garantizar su seguridad en el marco de la "OTAN". Con el tiempo, estas consecuencias ya están empezando a infiltrarse en toda la europea. Estas consecuencias tienen un carácter estratégico claro, especialmente dada la división dentro de Europa sobre esta guerra. La Unión Europea emitió un comunicado prudente en el que pedía a todas las partes que "ejercieran la máxima contención", una postura que refleja la dificultad de llegar a una postura unificada entre los 27 Estados miembros, cuyas orientaciones políticas y visiones estratégicas hacia el conflicto varían.
En este contexto, el canciller alemán Friedrich Merz se sitúa en un extremo del debate europeo, aparentemente apoyando la campaña estadounidense-israelí contra Irán y los esfuerzos más amplios occidentales destinados a reducir las capacidades militares iraníes. Por el contrario, el primer ministro español Pedro Sánchez ocupa una posición completamente diferente, ya que Madrid se negó a permitir que Estados Unidos utilizara sus bases militares en España para ejecutar operaciones relacionadas con la guerra, al mismo tiempo que condenó los ataques dirigidos contra Irán, considerándolos una escalada peligrosa que podría empujar a la región hacia el caos. Sánchez incluso fue más allá, acusando a Washington de "jugar a la ruleta rusa con el destino de millones de personas". Esta divergencia entre las posturas de Merz y Sánchez encarna un dilema más profundo dentro de Europa. Por un lado, está el realismo atlántico representado por Merz, y por otro, la objeción principista encarnada por Sánchez. Para un continente que ya enfrenta una guerra en sus fronteras orientales y sufre divisiones políticas internas, el conflicto con Irán no es solo una crisis externa pasajera, sino que supone un verdadero desafío para la capacidad de resistencia y cohesión de Europa. España, por su parte, ve en la crisis una oportunidad, y quizás una responsabilidad, para fortalecer una voz europea más independiente en la política internacional.
Sin embargo, ninguna de estas posturas parece ideal para Europa. Una aproximación demasiado cercana a Washington podría arrastrar al continente en conflictos en los que no desea participar. Las próximas semanas revelarán si el continente es capaz de hacer frente a este desafío con un frente unido, o si esta guerra profundizará las divisiones existentes y aumentará la fragilidad del proyecto europeo. Europa, aunque no participe directamente en este conflicto, seguirá obligada a convivir con sus consecuencias.